El restaurante Riff de Valencia es el sueño personal de su dueño Bernd Knöller, pero también es un reconocido templo gastronómico. Las ganas de conocer sus propuestas y el hecho de tener un menú a 29 € nos llevaron hasta allí.
-Aperitivo (destacando el pan de aceite y romero y los chips con especias)
-Patatas a la brasa con pulpo (interesantes tonos de asado, gran plato)
-Salchicha casera de jabalí con chirivía (con el recuerdo de una salchicha alemana y con el tono de la caza, excepcional)
-Figatells de ciervo lechal (elaborado con el hígado del animal, sabor intenso, quizá demasiado para mí)
-Ensalada de calçots y aceite de aceitunas (nada especial)
-Espuma de calabaza con bacon (simple, pero bien hecho)
-Pagre (pargo) asado con algas (pescado en perfecto punto y sabrosa salsa, acertado)
-Crema de vainilla (sabor muy logrado)

Un adecuado café y unas pequeñas magdalenas de chocolate cerraron la comida.
El local es majestuoso desde su entrada, luego un largo pasillo desemboca en una estancia limpia y agradable. Hasta me gustan las cortinas.
Mesas bien preparadas, mantelería de hilo, flores frescas, buenos útiles y copas Lisa Mori.
Hay varios menús, a 29, 59 y 85 € y carta. Nos quedamos con ese Menú express de 29 €. En cuanto a vinos, extensa y variada carta, con pocos vinos de precio modesto, eso sí. Gran cantidad de vinos alemanes, entre los que me decidí por un Nussdorfer Herrenberg 2009 Spätlese trocken, de la zona de Pfalz, un magnífico monovarietal de pinot gris. Con el postre me acompañó una copa de Cristal·lí (D.O. Alicante), muy delicado.
El menú constó de:
El menú constó de:






-Clochinas con lima en lata (juego de tradición y presentación, realmente sabrosos los mejillones)



-Chocolate (tremendo postre, chocolate y avellana, combinación perfecta)

La cuenta ascendió a unos 50 € por persona.
El servicio fue muy correcto, especialmente en el apartado enológico.
Debo añadir que no me gusta la idea de servir cinco tapas a la vez, la mesa se llena demasiado y las calientes se enfrían.
Hay que recordar que es un menú económico (dentro de los precios del restaurante) así que, a mi juicio, la idea es buena y supone una gran opción para el comensal. También parece una buena manera de conocer una cocina personal, original y muy bien ejecutada.
Al salir, es interesante pasar por la tienda Bueno para comer, del propio Bernd y Steve Anderson, en el local contiguo al restaurante y en la que hay muchos productos apetecibles.
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