Umo, Madrid

Lo definen como una parrilla japonesa y pasa por ser uno de los restaurantes de moda en la capital. Esto último suele ser malo, muy malo, pero me apetecía darle una oportunidad.
La sala es impresionante, de las más bonitas en las que he estado. Mucho espacio, mucho gasto, muy buen gusto y cierto recuerdo a la decoración típica de aquel país.
Pedimos sitio en barra, para apreciar el trabajo del itamae.
Sillas cómodas.
Servilletas de tela y copas correctas.
La carta es muy variada y ofrece cocina creativa con toque japonés, incluidos sushi y robata. No hay menú. En lo enológico, algunas interesantes referencias a precios elevados. Bebimos Trenzado 2017 (D.O. Valle de la Orotava), un vino vibrante como pocos e ideal para esta cocina.
Llega la comida:
-Crema de boletus con wantón frito (aperitivo, muy rica)
-Chipirones de anzuelo a la robata (esplendoroso producto, una delicia)
-Tamago vago de camarones (plato goloso y bien resuelto, placentero)
-Gyozas de pintada de Bresse en pepitoria (explosión de sabores, acertado guiso y cuidada presentación, preparación espectacular)
-Nigiri frito de steak tartar con cecina (arroz algo aceitoso, buen sabor potenciado por la cecina)
-Nigiri de foie de Las Landas con compota de manzana (gran producto, me gustó menos la combinación)
-Uramaki de cangrejo de caparazón blando (esperaba más, poco interés)
-Torrija de croissant caramelizada con helado de haba tonka (conseguida, helado agradable)
Se sirvieron unas trufas y un licor de canela cortesía de la casa.
Mejorable café.
El personal anduvo amable, aunque algo irregular.
Pagamos unos 50 € por persona.
La impresión fue positiva, hay producto y hay un importante trabajo de cocina.
Hugo Muñoz y Mariano Barrero han diseñado una carta que puede llegar a públicos amplios y a la vez contentar a paladares más entrenados.
Al acercarse a lo puramente nipón se ven más las costuras de la propuesta, mas no chirría completamente.
Algunas preparaciones, como las gyozas, justifican la visita.
Recomendable.

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