lunes, 28 de diciembre de 2015

Cañadío, Madrid

Tenía ganas de conocer este restaurante madrileño, sucursal del afamado santanderino.
Local con aire noble, bonito y cuidado.
Mesas bien vestidas y copas adecuadas.
La carta ofrece clásicos cántabros y productos marinos especialmente, aunque el apartado cárnico es notable. Todo apetece. En los vinos por copas habría que detenerse un poco, muy poca variedad y escaso interés. Probé dos blancos, uno D.O. Rueda y otro D.O. Rías Baixas, que no están a la altura de lo que esta casa merece.
Comí:
-Crema de espárragos blancos y bolita de patata (buen comienzo)
-Corte de queso y trufa con vinagreta de miel (muy agradable)
-Puding de cabracho de roca (exquisito, tal y como lo imaginaba, inmaculado en sabor y firmeza)
-Pastel de perdiz (delicado, buen plato)
-Rabas (uno de los emblemas de la casa, absolutamente espectaculares, fritura impecable)
-Croqueta de chorizo de Potes (muy buen nivel)
-Albóndiga de bonito y calamar con salsa roja (con un punto de picante, apasionante textura e inconmensurable sabor, la heroína de la comida)
-Corvina con boletus y pisto (gran plato de pescado del día, producto excelso bien tratado)
-Tarta de queso (una de las más famosas de Madrid y a buen seguro también de las más ricas)
Correctos café y orujo para acabar, ambos cortesía de la casa.
El personal se mostró amable y atento. Agradezco especialmente la predisposición a raciones mínimas que me permitieron probar muchas más cosas.
Pagué muy a gusto 51 €.
Este buen trozo de Santander en la capital es, en sí mismo, un gran restaurante y a la vez un viaje. Recetas de siempre y para siempre, materia prima de la mejor calidad y ganas de agradar al comensal. El éxito era imparable.
Ya tengo ganas de volver a sumergirme en esas aguas...

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