sábado, 20 de febrero de 2016

Quema, Zaragoza (II)

Por aquí parece no haber cambiado nada y en este caso es bueno.
Veamos cómo va esta cocina tan ilusionante.
Lo dicho, sala y mesas siguen igual de atractivas.
El menú también tiene las mismas normas pero solicité probar medias raciones y accedieron con gran amabilidad.
El vino que el sumiller eligió para mí fue un Samitier Roble 2013 (D.O. Calatayud), espectacular exponente de las garnachas aragonesas.
Vayamos con la comida:
-Aperitivos (divertidos y acertados)
-Alcachofa frita, praliné de almendras y papada (buen plato, especialmente en lo vegetal, la papada me pareció menos interesante)
-Garbanzos con sepia, azafrán y gamba roja (guiso de garbanzos y cerdo tradicional al que se le añaden los frutos del mar, brutal resultado, solo pediría servir aparte las piparras)
-Skrei a la llama con salsa de mostaza (realmente bueno, magnífico punto y buen contraste de la salsa)
-Carrillera, puré cremoso de cebolla caramelizada y manzana al jengibre (rica, pero uno tiene la sensación de que este plato lo ha comido más veces)
-Nuestra tarta al güisqui (lograda preparación que emula al conocido postre helado, destacaré el helado de güisqui)
Buen café para acabar.
El personal se mostró muy dispuesto y comprometido. El cocinero sale al final, eso me sigue gustando.
Pagué 35 €, muy adecuado.
Pues bien, estamos ante una de las grandes mesas aragonesas, lo que se intuía en sus principios sigue ahí. Espero que no se pierda la valentía y la contundencia. Algún contraste y algún toque internacional más quizá elevarían la propuesta.
Qué gusto da ver las cosas tan bien hechas y esas ganas, ¡adelante!
Ya me apetece volver...

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