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Casa Rubén, Hospital de Tella (Huesca)

Visité este restaurante unas semanas antes de recibir su reconocimiento en forma de estrella Michelin y me alegro por ellos.

Situado al pie de la carretera y cerca del Parque Nacional de Ordesa y Monte Perdido, presenta una sala mínima en un espacio abovedado de piedra muy especial.

Mesas bien vestidas y copas adecuadas.

Se ofrece un único menú "Sueños" centrado en la creatividad de Rubén Coronas y con bastantes productos del entorno. En lo enológico, carta corta y muchas referencias aragonesas. Bebimos Diaples tinto 2022 (sin D.O., zona de Sobrarbe, Huesca), fresco y frutal, Sed 2024 (sin D.O., zona de Monegros, Huesca), balsámico y equilibrado, y Oremus Tokaji Aszú 3 Puttonyos 2019 (Tokaj-Hegyalja), siempre maravilloso.

Comimos:


-Cóctel de zumo de granada y vermut del Somontano (con algo de amargor, agradable)


-Nuestra aceituna aliñada (hecha con manteca de cacao, correcta)


-Calabacín, trucha del Cinca y sus huevas (una especie de tartar, muy rico)


-Tartaleta de emulsión de sobrasada de latón de La Fueva y manzana (inconmensurable bocado)


-Mousse de champiñón y castaña (muy delicada presentación, sabor muy logrado)


-Royal de esturión de El Grado con demi-glace de cebolla tostada (otro pase delicioso, pescado de la zona muy bien tratado)


-Puerro confitado en mantequilla, pil pil de alitas (potente sabor a pollo, buena textura del puerro)


-Napolitana de ternasco del Sobrarbe y salsa almadroc (para comerse decenas, exquisito9


-Gazpacho de pera, anguila y encurtidos (tan estético como convincente, un plato que rompe el menú y lo hace certadamente)


-Estofado de trigueros, pato y gazpachuelo de judías verdes (con molleja de pato, demasiado protagonismo de la judía verde)


-Bacalao Barquero, sopa de maíz y pimiento (buenos matices)


-Rillette de carrillera, piel de bacalao, ensalada de manzana y apio (necesita una revisión, no acaba de funcionar)


-Codorniz en dos cocciones, calabaza y toffee de remolacha (sorprendentemente conseguido)


-Mango, chocolate blanco, panna cotta de queso de Radiquero, gel de frambuesa (refrescante, me gustó mucho)


-Flan parisién (algo anodino)


-Petit fours (gran final)

Buen café.

La sala, a cargo de Cristina Romero, es la extensión de la cocina y el trato es impecable.

Pagamos unos 120 €.

La inquietud de este cocinero hizo que volviera a casa y cambiar drásticamente la propuesta y a apostar por una idea poco frecuente en su territorio.

Aquí hay tradición pero hay mucha más renovación. También hay técnicas actuales pero a la vez hay fondos y guisos.

La experiencia es placentera.

Es una alegría comprobar que un proyecto como este encaja y triunfa.

Larga vida.

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