Tenía muchas ganas de conocer la otra gran institución gastronómica vienesa, Figlmüller.
Optamos por el local inicial en un pasaje del centro de la capital austriaca.
Mesas fijas de madera en una sala absolutamente clásica.
Manteles de tela cruzados en la mesa, servilletas de papel y copas mejorables.
La carta se basa en su famosísimo schnitzel, sus acompañantes y alguna otra preparación tradicional. En lo enológico, se ofrecen pocas referencias a precios elevados pero no tanto como en otros sitios. No hay cerveza. Bebí una copa del grüner veltliner que envasan para el restaurante.
Comimos:
-Mollejas de ternera rebozadas con salsa tártara (delicado, rico)
-Ensalada de patata (con canónigos y una salsa deliciosa, me encantó)
-Figlmüller-Schnitzel de cerdo (el original desde 1905, prodigio de técnica, textura y sabor, muchísimo mejor de lo que esperaba)
No tomamos postre ni café.
El personal cumplió.
Pagamos 30 € por persona.
Un filete empanado llevado a la excelencia y un ambiente que te transporta a otro tiempo son las claves de este negocio centenario. Y sigue funcionando.
Y ciertamente el schnitzel está buenísimo.
Larga vida.
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