Para la última cena en Viena, escogí un restaurante pequeño y familiar merecedor de buenas referencias y menciones en las principales guías.
Local pequeño al fondo de un callejón interior.
Decoración ecléctica con cierto aire desfasado. Sala muy calurosa.
Mesas con manteles individuales de resina y servilletas de tela. Copas mejorables.
La carta ofrece interpretaciones de cocina clásica de la zona y recetario internacional con guiños del entorno. Hay menú a mediodía en días laborables y, aunque no se ofreció, parece haber menú degustación. En lo enológico, buena selección de vinos austriacos y precios comedidos para ser Viena. Bebimos Emmerich Knoll Grüner Veltliner Ried Kreutles Federspiel 2024 (Wachau, Austria), cremoso y complejo. Un vino maravilloso.
Llega la cena:
-Crema de queso con hierbas (como aperitivo y para acompañar buenos panes, correcta)
-Ceviche de trucha con uvas (y encurtidos caseros, muchos matices, rico)
-Vitello al estilo austriaco con salsa de pescado ahumado (la salsa aquí es de pescado de río ahumado, gran materia prima, sabroso)
-Roulade de ternera con ravioli de trufa de verano (carne algo seca, pasta bien hecha, faltaba un hilo conductor pero había buenos sabores)
No tomamos postre ni café.
El personal se mostró amable.
Pagamos unos 61 € por persona.
Se aprecia claramente la personalidad del chef en los platos y también se observa mimo en la elección de vinos, ingredientes y opciones.
Ahora bien, esperaba más definición en los platos.
Sería algo así como un "sí, pero...".
Interesante.
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