sábado, 3 de agosto de 2013

Le dauphin, París (Francia)

Iñaki Aizpitarte es uno de los grandes y tiene gastrobar, bar de tapas o como se le quiera llamar. Había que probarlo.
Al lado de la casa madre, Le Chateaubriand, y diseñado por Rem Koolhaas y Clement Blanchet, el local es urbano, actual pero clásico. El mármol, el cristal y los espejos agrandan un local pequeño y con incomodidades importantes. Si te equivocas diez centímetros puedes comer de la mesa de al lado.
Nos tocó una mesa alta, desnuda pero con servilletas de tela. Buenas copas.
Al mediodía hay menú, por la noche platillos (o tapas o raciones o...), todo apetece. Vinos por copas y por botellas. Pedí un Le temps des cerises Avanti popolo 2011 (Languedoc Roussillon, Vin de France), vino natural sin ningún añadido. Entiendo que le guste a los expertos por su rareza, pero no es para mí.
Llega la cena:
-Pulpo tandoori (inesperado éxito, extremadamente delicioso en su simplicidad, pulpo cocido y a la plancha con especias, increíble)
-Tartar de magret de pato ahumado, frambuesa (intenso y muy curioso, para comer sin parar)
-Entrécula de wagyu, berenjena ahumada, rúcula (carne de primerísima calidad, otro plato muy conseguido)
-Patatas asadas (con mucha y muy buena mantequilla, imagino, una barbaridad, ¿máxima expresión de este plato?)
-Espárragos verdes, pomelo y espuma de nécoras (otra gran elaboración, potencia y delicadeza a partes iguales)
No suelo comentar los platos que no como yo, pero hoy voy a hacer una excepción. El motivo no es otro que el disfrute de mi acompañante. Lo probé.
-Tarta merengada de limón (delicia pura, un postre clásico únicamente llevado a la excelencia)
-Babá al ron (podría copiar el anterior comentario, espectacular, de los mejores postres que he comido en mi vida)
Y para rematar esta cena magnífica llegó a mi mesa un café costarricense que nunca olvidaré, de levantarse y aplaudir.
Nos atendió una amable camarera colombiana que ayudó con lo del idioma.
El precio llegó a los 53 € por persona, muy adecuado.
Así es como yo quería cenar ese día, pequeñas y excelentes raciones, platos que me sorprendieron o versiones perfectas de clásicos franceses. Brutal.
Me quedo corto diga lo que diga, esto es otra cosa. Aquí se rozan los más altos niveles.
Me fui con la impresión de haber cenado en un grande, con esa sensación que solo dejan unos pocos...
Si te olvidas de las estrecheces del local acabas pensando que esto es maravilloso, que todo merece la pena, que la gastronomía es la opción correcta.
Vayan, en esos platillos hay pedazos de paraíso.

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